Mensaje del Santo Padre

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Al venerable hermano
Cardenal Stanislaw Rylko
Presidente del Consejo pontificio para los laicos

Me complace enviarle mi cordial saludo a usted, a los colaboradores del Consejo pontificio para los laicos y a cuantos participan en el X Foro internacional de los jóvenes, que se celebra esta semana en Rocca di Papa sobre el tema "Aprender a amar". Con especial afecto me dirijo a los jóvenes delegados de las Conferencias episcopales y de varios movimientos, asociaciones y comunidades internacionales, procedentes de los cinco continentes. Hago extensivo mi saludo a los reconocidos ponentes, que aportan al encuentro la contribución de su competencia y experiencia.

"Aprender a amar": este tema es central en la fe y en la vida cristiana y me alegro de que tengáis ocasión de profundizar en él juntos. Como sabéis, el punto de partida de toda reflexión sobre el amor es el misterio mismo de Dios, pues el corazón de la revelación cristiana es este: Deus caritas est. Cristo, en su Pasión, en su entrega total, nos ha revelado el rostro de Dios que es Amor.

La contemplación del misterio de la Trinidad nos permite entrar en este misterio de Amor eterno, que es fundamental para nosotros. Las primeras páginas de la Biblia afirman, de hecho, que "Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: hombre y mujer los creó" (Gn 1, 27). Por el hecho mismo de que Dios es amor y el hombre es su imagen, comprendemos la identidad profunda de la persona, su vocación al amor. El hombre está hecho para amar; su vida sólo se realiza plenamente si se vive en el amor. Después de una larga búsqueda, santa Teresa del Niño Jesús entendió así el sentido de su existencia: "Mi vocación es el Amor" (Manuscrito b, hoja 3).

Exhorto a los jóvenes presentes en este Foro a que traten, con todo el corazón, de descubrir su vocación al amor, como personas y como bautizados. Esta es la clave de toda la existencia. Que inviertan todas sus energías en acercarse a esa meta día tras día, sostenidos por la Palabra de Dios y por los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía.

La vocación al amor adquiere distintas formas según los estados de vida. En este Año sacerdotal, me complace recordar las palabras del santo cura de Ars: "El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús". Siguiendo a Jesús, los sacerdotes dan la vida para que los fieles puedan vivir del amor de Cristo. Llamadas por Dios a entregarse completamente a él, con corazón indiviso, las personas consagradas en el celibato son también un signo elocuente del amor de Dios al mundo y de la vocación a amar a Dios sobre todas las cosas.

Deseo además exhortar a los jóvenes delegados a descubrir la grandeza y la belleza del matrimonio: la relación entre el hombre y la mujer refleja el amor divino de manera muy especial; por ello el vínculo conyugal asume una dignidad inmensa. Mediante el sacramento del matrimonio los esposos son unidos por Dios y con su relación manifiestan el amor de Cristo, que dio su vida para la salvación del mundo. En un contexto cultural en el que muchas personas consideran el matrimonio como un contrato a plazo que se puede romper, es de vital importancia comprender que el amor verdadero es fiel, don definitivo de sí. Dado que Cristo consagra el amor de los esposos cristianos y se compromete con ellos, esta fidelidad no sólo es posible, sino que es el camino para entrar en una caridad cada vez mayor. Así, en la vida diaria de pareja y de familia, los esposos aprenden a amar como Cristo ama. Para corresponder a esta vocación es necesario un itinerario educativo serio y también este Foro se sitúa en esa perspectiva.

Estos días de formación mediante el encuentro, la escucha de las conferencias y la oración común deben ser también un estímulo para todos los jóvenes delegados a ser testigos ante sus coetáneos de lo que han visto y oído. Se trata de una auténtica responsabilidad, para la cual la Iglesia cuenta con ellos. Tienen un papel importante que cumplir en la evangelización de los jóvenes de sus países, para que respondan con alegría y fidelidad al mandamiento de Cristo: "que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12).

Invitando a los jóvenes a perseverar en el camino de la caridad siguiendo a Cristo, los cito el próximo domingo en la plaza de San Pedro, donde tendrá lugar la solemne celebración del domingo de Ramos y de la XXV Jornada mundial de la juventud.

Este año el tema de reflexión es: "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (Mc 10, 17). A esta pregunta, planteada por un joven rico, Jesús responde con una mirada de amor y una invitación a la entrega total de sí, por amor a Dios. Que este encuentro contribuya a la respuesta generosa de cada delegado a la llamada y a los dones del Señor.

Con este fin aseguro mi oración por toda la juventud y de corazón le envío a usted, venerado hermano, y a cuantos participan en el Foro internacional una bendición apostólica especial.

Vaticano, 20 de marzo de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

 

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