09 de octubre de 2020
Papa Francisco

Fratelli tutti

Cuidar las fragilidades de cada hombre, mujer, niño y anciano
fratelli tutti.jpeg

Una nueva “encíclica social”, destinada a promover una aspiración mundial a la fraternidad y a la amistad social a partir de nuestra pertenencia común a la familia humana y reconociendo que somos hermanos.

En “Fratelli tutti” - cuyo motivo inspirador es el Documento sobre la Fraternidad humana firmado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar en febrero de 2019 - se destaca que todos estamos en el mismo barco y que nadie se salva solo.

El Santo Padre centra la atención en aquellas partes de la humanidad que “parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites. En el fondo no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—.” (18).

La cultura del descarte es mundial y afecta muy de cerca a nuestras familias y comunidades: “la falta de hijos, que provoca un envejecimiento de las poblaciones, junto con el abandono de los ancianos a una dolorosa soledad, es un modo sutil de expresar que todo termina con nosotros, que sólo cuentan nuestros intereses individuales. Así, «objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos”. Vimos lo que sucedió con las personas mayores en algunos lugares del mundo a causa del coronavirus. No tenían que morir así. Pero en realidad algo semejante ya había ocurrido a causa de olas de calor y en otras circunstancias: cruelmente descartados. No advertimos que aislar a los ancianos y abandonarlos a cargo de otros sin un adecuado y cercano acompañamiento de la familia, mutila y empobrece a la misma familia. Además, termina privando a los jóvenes de ese necesario contacto con sus raíces y con una sabiduría que la juventud por sí sola no puede alcanzar” (19).

El Papa Francisco invita a cuidar “la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta”, siguiendo el ejemplo de la actitud de proximidad del buen samaritano. (79)

De nuevo, el recuerdo de esos “exiliados ocultos” que “son tratados como cuerpos extraños en la sociedad. Muchas personas con discapacidad «sienten que existen sin pertenecer y sin participar». Hay todavía mucho «que les impide tener una ciudadanía plena». El objetivo no es sólo cuidarlos, sino «que participen activamente en la comunidad civil y eclesial”. (98)

Seguidamente hace referencia directamente a las familias, “llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos”. (114)

“En una familia – prosigue el Santo Padre - los padres, los abuelos, los hijos son de casa; ninguno está excluido. […] En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después. Las alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos. ¡Eso sí es ser familia! Si pudiéramos lograr ver al oponente político o al vecino de casa con los mismos ojos que a los hijos, esposas, esposos, padres o madres, qué bueno sería”. (230)

Finalmente, como laicos comprometidos en nuestras sociedades, “se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. […] Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído. […] Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien”. (77)