19 de octubre de 2021
Patris Corde

La sombra del Padre en la mirada de una madre

En las familias, el milagro se esconde a menudo en lo cotidiano: la lección de Jan Dobraczynski
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(L'Osservatore romano [original italiano] del 19 de octubre de 2021)

de GABRIELLA GAMBINO

 

Leyendo la carta apostólica Patris corde del Papa Francisco, a un cierto punto nos encontramos con una cita de una novela sobre la vida de San José, La sombra del padre, del escritor polaco Jan Dobraczynski. Cuando la carta apostólica salió el 8 de diciembre de 2020, yo estaba terminando de leer la novela por primera vez. Hace poco que descubrí este libro, publicado en 1977 y reimpreso en italiano más de veinte veces. Es curioso que el Papa lo haya mencionado en uno de sus textos magisteriales.

Desde entonces, en menos de un año, lo he releído dos veces más. En efecto, hay algo extraordinario en el libro, un mensaje que llega insistentemente a mi corazón y me interpela como mujer, esposa y madre.

La sombra del Padre, en efecto, no es sólo la historia de una paternidad, sino que, antes de ello, es la historia de un gran amor, el de José y María, enamorados, comprometidos y luego casados. "La grandeza de San José consiste en que fue el esposo de María..." escribe el Papa Francisco en Patris corde. La espera de su primer encuentro, el asombro y la certeza de reconocerse a primera vista, la alegría de abandonarse a un amor del que no eran artífices, porque la fuente de ese amor era Dios. Feliz de participar en el plan divino de salvación, creando la familia que Jesús necesitaba para venir al mundo y crecer "en sabiduría, estatura y gracia". Un amor conyugal verdadero, profundo, totalmente encomendado al Altísimo desde antes de encontrarse. Como puede ser el amor entre cada hombre y cada mujer, que vislumbran su propia historia en el horizonte de una vocación en la que el protagonista es Dios. Un amor que no hay que perseguir ni buscar frenéticamente, sino esperar: "Estoy esperando...", susurró José respondiendo a Zacarías, que le preguntó por qué a su edad aún no tenía esposa. Lo que esperaba no lo sabía con exactitud, pero anhelaba esa espera, porque comprendía que en el fondo era algo que transformaría su vida.

Dos enamorados, José y María, que dijeron sí a una llamada del Padre para vivir totalmente confiados. No una idea romántica del amor, sino la conciencia de ser invitado a realizar un proyecto del que cada uno es un instrumento único y maravilloso; porque cuando la Gracia actúa en una persona, o entre dos personas, se extiende como un reguero de pólvora y tiene un alcance universal. Genera vida y cambia vidas. Como pasa en los matrimonios. Qué maravilloso es que tus hijos te pregunten si el amor entre tu madre y tu padre nació de un amor a primera vista. Según mi experiencia, la respuesta es sí, si por amor a primera vista entendemos reconocer en el otro a aquel que el Señor pensó "para mí" para cumplir su plan de salvación. Cuando nos encontramos con Cristo, no podemos dejar de percibir en este encuentro una revelación: Cristo siempre tiene algo reservado para nosotros, un camino que tiene una sola meta -la vida eterna- a lo largo del cual sólo quiere derramar ríos de Su gracia.

El matrimonio, para nosotros como parejas casadas, es este camino. Lleno de alegría, pero también de incomprensiones, de momentos de desánimo y de dudas: "Su barca -pensó José tras su encuentro con María- no había tocado la orilla, sino que [...] había roto su amarre y se alejaba hacia una aventura desconocida". Y, sin embargo, en nosotros, matrimonio, permanece la certeza de la belleza de este viaje -al lado de ese cónyuge tan diferente de lo que imaginábamos- porque al principio hubo precisamente un re-conocerse.

La historia narrada por Dobraczynski nos recuerda que, para seguir el camino, hay que combinar dos ingredientes: saber pedir con confianza, pero también aprender a ver lo que no salta a la vista.

¿Cuántas veces en nuestra vida cotidiana nos sucede que encontramos en los consuelos, rastros de una promesa de Amor?

Conscientes, en el fondo de nuestro corazón, de que no siempre es necesario pedir y que todo se deja en manos del Donador. En nuestras familias, "el milagro se esconde a menudo en lo cotidiano" y el Espíritu nos sugiere que lo ordinario es a menudo extraordinario. Pienso en lo hermoso que es sentir las manitas regordetas de nuestros hijos acariciando nuestro rostro (como hizo el pequeño Jesús con José) y sentir en nuestro corazón que es una caricia de Dios; o acoger el hecho de que un niño adolescente se encierre en su habitación durante horas, buscándose a sí mismo en la soledad, como el jovencísimo Jesús se retiraba a lugares aislados para rezar al Padre, a escondidas de José y María. Qué difícil es hacer este tipo de discernimiento en la familia cuando estamos llamados a callar, a compartir, a escuchar, a dejar espacios sanos de libertad.

Es nuestra lucha por caminar juntos hacia la vida eterna, a veces agobiados por circunstancias graves y gravosas, siempre tachonadas de continuas pequeñas dificultades cotidianas. Pero José acepta la carga, al igual que María, que le recuerda que "hay que hacerlo todo", pues sólo entonces "lo tomará en sus manos". Ambos aceptan el plan de salvación día a día, al igual que nosotros, como recién casados, estamos invitados a aceptar el plan al que hemos dicho "sí": para nosotros mismos, para nuestros hijos y para todos los que se dejarán llevar por la marea de nuestra vida familiar.

Hay un paso más que María y José nos enseñan a dar: ambos han aceptado la promesa que el Espíritu Santo ha hecho al otro. José acepta el don del Espíritu que crece en el vientre de su esposa; María acepta la promesa hecha a José en un sueño.

En este don del Espíritu a ambos se crea la unidad de los dos en la dimensión conyugal y se recrea el esquema trinitario: tú y yo, en Cristo; nosotros y Cristo. Es este dinamismo el que puede iluminarnos a los esposos en la convivencia: en mi cónyuge el Espíritu se revela y es también para mí un signo del amor de Dios por nosotros. Sabemos bien que a veces lo que se revela a través del cónyuge no es exactamente lo que nos gustaría para nosotros: pero en el sacramento, los cónyuges se vuelven el uno para el otro camino hacia el Cielo. Un camino que a veces es inesperado e incómodo, pero ese camino, si se acepta, puede enseñarnos a amarnos a nosotros mismos de una manera más grande, más generosa. Como hizo María, cuando José le pidió que se levantara, recogiera lo poco que poseían, tomara a Jesús en sus brazos y afrontara un largo y peligroso viaje a pie hasta Egipto.

Porque lo que debe guiarnos, en estos casos, es la conciencia de que Cristo está en el centro de nuestro matrimonio. Cuando veo a mi esposo recogido en oración, sé que es esa relación la que alimenta nuestro amor diario. Y cuando logramos rezar juntos, Cristo está presente entre nosotros, sacramento vivo en nuestra concreta vida cotidiana.

Parafraseando la Patris corde, cada vez que nos encontramos en la condición de amar, debemos recordar que nuestro amor es un "signo" que remite a un Amor superior. Todos estamos siempre en la condición de José, incluso como esposos: sombra del único Padre celestial. Esposos y esposas, para cuidarnos unos de otros y cuidar de los hijos que se nos confían. Para guardarlos para el Padre, para la vida eterna en Él. Pero cada uno de nosotros es también María, ella lleva a Jesús en su seno para darlo al mundo, como fruto de nuestro estar en relación con el Espíritu Santo. Nuestra vocación cristiana - enseña el gran santo ruso Serafín de Sarov - es adquirir el Espíritu Santo para reflejar Su luz, para derramar el amor de Cristo en las relaciones que vivimos.

Ser sombra del Padre significa entonces custodiar al otro que se te ha confiado, hasta que llegue el momento de retirarse: "Las sombras desaparecen cuando sale el sol ...". Porque la sombra se desvanece, cuando la luz del Espíritu comienza a surgir en ese hijo al que acompañaste hacia la libertad de la vida en Cristo. ¡Qué don ver a un hijo casi adulto que está a punto de tomar decisiones, totalmente confiado al Padre! Mi maternidad me induciría a intervenir, sugerir, orientar, pero llega un momento en el que tengo que hacer desaparecer mi sombra protectora y ponerme al lado de mi marido, que lo apoya en sus decisiones, animándolo y "lanzándolo" al mundo. Como esposa y madre, debo “dejarle a él la parte del padre”, para que juntos podamos verlo partir, en silencio, agradecidos. Agradecidos, porque no por nuestros méritos, sino por la gracia del Altísimo, vemos al Espíritu actuando en nuestra familia. Pensar de otra manera significa ceder a los halagos del Enemigo, que nos hace creer que todo depende sólo de nosotros: una gran tentación de nuestro tiempo, causa de tantas crisis matrimoniales, incluso entre los cristianos más devotos.

Por eso, releer la historia de amor entre José y María narrada por Dobraczynski puede ser de gran ayuda para penetrar más profundamente en el misterio del amor esponsal y, con sencillez y humildad, descubrir juntos, marido y mujer, cómo actúa Cristo en nuestra vida ordinaria.


 (L'Osservatore romano, 19 de octubre de 2021)