03 de octubre de 2018
Visita ad limina

La difícil pero apremiante misión de los laicos en el corazón herido de Venezuela

El pasado 13 de septiembre, un numeroso grupo de obispos de Venezuela hizo una parada en nuestro Dicasterio en el marco de su visita ad limina.  Los obispos nos describieron un país que se enfrenta a graves dificultades políticas, económicas y sociales.

Con la inflación por las nubes, muchas familias se han empobrecido y tienen cada vez más dificultades para acceder a las necesidades básicas, como el agua, los medicamentos, los alimentos y el trabajo. En este contexto, hay cada vez más casos de desnutrición, muertes por falta de cuidados, abandono de ancianos y niños. A todo esto hay que añadir la triste realidad de la pobreza que lleva a un gran número de venezolanos a elegir el camino del éxodo de su tierra en busca de una vida mejor. En esta lucha por la supervivencia, los valores tradicionales del bien común y de la convivencia civil, del carácter sagrado de la vida humana, se deterioran. El individualismo aumenta cada vez más, las familias se disgregan, muchos jóvenes toman el camino de la violencia, la prostitución o terminan en el tráfico de drogas y de órganos.  

Sin desanimarse, los pastores de la Iglesia de Venezuela no cesan de denunciar los pecados sociales que se cobran más víctimas entre los sectores más débiles de la población: las mujeres, los niños, los jóvenes, los ancianos. Incluso a costa de atraer la ira de los políticos, se mantienen al lado de su pueblo, brindando apoyo material a los necesitados con los pocos recursos disponibles y cultivando la esperanza en las almas. Las conclusiones del Consejo plenario que tuvo lugar en el país entre 2000 y 2006 con el objetivo de relanzar la evangelización han sido la brújula principal de su compromiso pastoral en los últimos años. Uno de los documentos finales, fruto de este itinerario eclesial, se refería a los laicos y contribuía sustancialmente a dar un nuevo impulso a su apostolado, especialmente al de los laicos no asociados. Ha habido una mayor concientización del papel de éstos en la Iglesia. Los laicos están deseosos de formarse más, y para venir en ayuda de este deseo de profundizar su fe, se han creado varios institutos de formación para ellos. Incluso la difícil situación económica que ha asolado el país durante décadas ha sido aprovechada por los propios laicos como una oportunidad para organizarse en grupos de apoyo mutuo, donde a menudo y con buena voluntad, los que llegan a los pobres no son los más ricos, sino que son los mismos pobres los que ayudan a los otros pobres.

La V Conferencia del episcopado latinoamericano en 2007 fue otro momento significativo en la vida de la Iglesia venezolana. En 2009, sobre la base del Documento de Aparecida, la Conferencia episcopal venezolana lanzó la Gran Misión Continental. Ha sido recorrido un largo camino desde entonces. Sin embargo, hoy, los obispos no ocultan la urgente necesidad de volver a poner todo su empeño en la pastoral familiar, campo en el que todavía faltan operadores debidamente formados. Las dificultades de las familias se han agravado. Han surgido nuevos desafíos: el divorcio fácil, la emigración, la secularización, los nuevos modelos culturales. Y para hacer frente a estos desafíos, la Iglesia venezolana sabe que debe contar, en primer lugar, con los cónyuges laicos.

Siguiendo las sugerencias del Documento de Puebla (1979) que subrayaba, entre otras cosas, la opción preferencial por los jóvenes, la Iglesia venezolana ha fortalecido desde hace algún tiempo su pastoral juvenil, consciente de los grandes riesgos a los que están expuestos. De hecho, la pastoral juvenil está bastante bien organizada en todos los niveles. Esto también es debido en gran parte a la experiencia de las Jornadas Mundiales de la Juventud, en las que los jóvenes venezolanos han participado asiduamente y en número cada vez mayor desde la edición de París'97. Siguiendo el "modelo de las JMJ", la Conferencia episcopal elabora cada tres años un plan pastoral que culmina con la organización de las Jornadas nacionales de la juventud venezolana, en las que pudieron participar cada vez unos 13.000 jóvenes.