23 de agosto de 2018
Encuentro mundial de las familias

Rocco Buttiglione (Lateranense), “Juan Pablo II, el Papa de las familias que habla de familias a partir del “cuerpo” de la familia”

"¿Cómo es posible que un hombre como san Juan Pablo II, que no tenía familia, pudiera penetrar tan profundamente en los dinamismos internos del amor y de la vida familiar?” La contribución de Rocco Buttiglione, profesor de Filosofía e Historia de las Instituciones Europeas, de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, en el congreso pastoral organizado en Dublín con ocasión del Encuentro mundial de las familias (21-26 de agosto), parte de esta pregunta. Al tomar la palabra en la primera jornada de trabajos, dedicada al tema "La familia y la fe", Buttiglione habló de "un tesoro escondido: la teología del cuerpo de san Juan Pablo II". El profesor Buttiglione dijo que todos hemos experimentado la vida familiar y las mujeres. "Todos nacemos en el seno de una familia y todos tenemos madres – explica-. En la familia encontramos a la mujer no como un cuerpo que pueden procurar placer a nuestros cuerpos, sino como personas que irradian alegría y paz, que nos cuidan y nos introducen en la vida”.

En la familia maduramos "nuestra primera idea de lo que es una relación (sexual) entre un hombre y una mujer, a partir de la observación de la manera en que el padre y la madre se miran y actúan entre sí". En la vida de Wojtyła fue fundamental-según Buttiglione- el poder experimentar el amor entre su madre y su padre y cómo este amor se derramaba sobre sus hijos. Aunque la madre de Juan Pablo II murió cuando él tenía sólo 9 años, el amor entre sus padres dejó una marca indeleble en su corazón. Igual de indeleble en su vida fue su experiencia como actor en el Teatro de la Palabra. "Un actor es un hombre que camina en los zapatos de otro ser humano y trata de revivir sus acciones desde dentro - explica Buttiglione - para convertirse en el otro el actor debe ser primero, en cierto sentido, nadie”. El sacerdote, en el sentido etimológico de la palabra, es también un actor: "actúa  "in Persona Christi" en el papel de Cristo; si el actor no es nadie, el sacerdote es todo, entra en la vida de los demás y entiende esas vidas desde dentro, a la luz de la verdad, para ayudar a los demás a ver su vida a la luz de la verdad. Puede hacerlo porque ha entrado ante todo en la vida de Jesucristo, la luz que ilumina todas las cosas". Buttiglione recuerda cómo Wojtyła aprendió mucho de la gente que conoció, confesó y acompañó como sacerdote: "Les enseñó y aprendió de ellos. Su principal libro de texto era la vida de sus amigos, la vida de la Iglesia viviente”.

Una vida hecha de hombres y mujeres de carne y hueso, llamados a vivir su sexualidad con madurez. A través de tres fases: la castidad, el enamoramiento y el amor conyugal. "La razón por la que cubrimos nuestros órganos sexuales - explica Buttiglione - es que no queremos ser considerados y tratados como meros objetos sexuales. En primer lugar queremos ser reconocidos como personas humanas y queremos guiar la mirada del observador hacia la imagen global de nuestro cuerpo y, sobre todo, hacia nuestros propios ojos, a través de los cuales se expresa de la manera más directa la interioridad de la persona. No queremos solamente satisfacer el impulso sexual”. "La virtud de la castidad -continúa- tiene la función de ordenar la potencialidad sexual de la persona hacia su justa satisfacción, cuando es propiamente humana". El filósofo recuerda también que "el Dios de Jesucristo es una persona y una persona es un ser que existe en la relación con otras personas”. "Jesús vive enteramente en la relación (persona, upóstasis en griego, significa relación) con el Padre -explica- así como el Padre vive en la relación con el Hijo". Si buscamos una analogía en el ámbito de las relaciones humanas, la primera idea que nos viene a la mente es la de un hombre y una mujer enamorados. "Estar enamorados, sin embargo, no es todavía amar. Estar enamorados es un estado emotivo - señala Buttiglione - Puede suceder que nos enamoremos de la persona equivocada, de alguien que no nos ama o de alguien que no puede amarnos o de alguien a quien no debemos amar. Es por eso que cuando nos enamoramos no podemos dejarnos llevar por las emociones que sentimos. Tenemos que detenernos un momento, reflexionar, dialogar con nuestros amigos”.

Sólo después de un necesario período de discernimiento, llegamos a confirmar "por un acto libre de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad la decisión que nuestros sentimientos nos habían sugerido: nos casamos". Buttiglione subraya que en el sacramento del matrimonio "nos hacemos uno para el otro testigos particularmente responsables del amor de Dios" y "llamamos a Dios testigo de nuestro amor". Es partiendo de esta realidad que uno entiende por qué el divorcio para la Iglesia es un pecado grave. "Es como si uno dijera a su cónyuge: no es verdad que Dios te ama", explica Buttiglione, quien señala entonces cómo, junto al lado objetivo del divorcio, hay que tener en cuenta también el lado subjetivo, es decir, la plena conciencia y el consentimiento deliberado. "No siempre somos totalmente responsables del mal que hacemos, - subraya -.Por eso, en Amoris Laetitia, el Papa Francisco invita a los divorciados que se han vuelto a casar a confesarse, a evaluar con el confesor el nivel de su responsabilidad, a pedir perdón y a entrar en el camino de la plena reconciliación con Dios y con la Comunidad de los fieles".

"Al comienzo de la peregrinación hacia el verdadero amor está la virtud de la castidad - subraya Buttiglione - al final la virtud de la perseverancia". El filósofo aclara también que "los dinamismos interiores de la sexualidad fueron creados por Dios para proteger la entrada en el mundo del niño". "El niño crece en el amor de sus padres - añade Buttiglione -. Tratemos de aclarar este punto: el niño no necesita sólo el amor del padre y el amor de la madre como si fueran dos amores diferentes unidos sólo en su objeto que es el niño. El niño necesita el amor de los esposos el uno por el otro que se derrama sobre él o ella. Sólo este amor constituye lo mejor en el que el niño puede sentirse a gusto y ser educado con seguridad. El mejor regalo que un padre puede dar a sus hijos es amar a su madre y viceversa”.