02 de febrero de 2021
Vida

Hidratación y nutrición: la continuidad de la asistencia también debe estar garantizada por la ley

El artículo de la profesora y subsecretaria Gabriella Gambino sobre el valor de la vida humana
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Siguen apareciendo en las noticias internacionales casos dramáticos de personas en estado crítico, pero no terminal, que, por decisión de los médicos y de los tribunales, y en contra del deseo de la familia, sufren la suspensión de la alimentación y de la hidratación. Mueren por falta de nutrición e hidratación porque un protocolo clínico, una ley o una sentencia decretan la muerte de antemano sobre la base de presuntas evaluaciones, adoptadas en el "mayor interés" del paciente, ya inconsciente.

«Suprimir a las personas valiéndose de la ley, es decir, de ese instrumento que, por excelencia, debe defender la vida de cada uno, es el efecto de aquella "deriva eutanásica" de la que habló con solemne claridad la Congregación para la Doctrina de la Fe en la reciente Carta Samaritanus bonus. El valor inviolable de la vida humana, se lee en Samaritanus bonus, es "una verdad básica de la ley moral natural", que expresa nuestra común humanidad y fragilidad, y "un fundamento esencial del orden jurídico"». Con estas palabras, publicadas en su artículo del sábado 30 de enero en el Osservatore Romano, la subsecretaria Gabriella Gambino invita a todos a reflexionar sobre el concepto fundamental de la continuidad de la asistencia de cualquier persona en estado crítico, reiterando que la nutrición y la hidratación son cuidados vitales debidos a todo ser humano, cuya privación constituye una acción supremamente injusta. 

En nuestra sociedad, donde el paradigma del derecho domina todas las dimensiones de la vida común, es urgente repensar la función de la ley y esa frialdad característica que le pertenece intrínsecamente. Vaciada de todo valor, la ciencia jurídica se está convirtiendo en un instrumento frío, que quita toda esperanza no sólo a los que todavía tendrían derecho a vivir, sino también al dolor de la familia. Más bien, la ley, para seguir siendo ley, debe ser signo del orden que deriva de la misericordia de Dios, ya que la justicia nunca se agota en sí misma, sino que se cumple en Dios, ante Él y en la acción misericordiosa del hombre hacia los demás hombres. De esta manera, sólo el calor de la misericordia puede impedir que lo que es objetivamente falso o erróneo se convierta en subjetivamente justo e insuflar humanidad a la gélida ley de la posmodernidad.