03 de diciembre de 2021
Discapacidad

El Evangelio es para todos

Una reflexión del Cardenal Farrell sobre el Mensaje del Papa Francisco a las personas con discapacidad
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© L'Osservatore Romano, 03 de diciembre de 2021 - Las personas con discapacidad son fieles laicos que, en virtud de su Bautismo, han recibido la misma misión profética, sacerdotal y real que todo cristiano. Representan un reto para la pastoral familiar y están en el centro de la preocupación de la Iglesia por la defensa de toda vida humana. Este es el punto de partida que llevó al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida a incluir la atención pastoral a las personas con discapacidad entre los ámbitos de su acción pastoral. Además, ésta fue una de las peticiones más fervientes de los miembros y consultores del Dicasterio durante su primera asamblea plenaria.

La clarividencia del Santo Padre al fusionar las competencias de los antiguos Consejos Pontificios para la Familia y para los Laicos en un único Dicasterio sale inmediatamente a la luz. Tal elección ha permitido priorizar, frente a ciertas cuestiones, una comparación no fragmentaria, sino lo más multidimensional y unitaria posible. Como para los esposos, para quienes la dimensión laical y la familiar están intrínsecamente entrelazadas, del mismo modo, un enfoque unificado que parta de los tres macroámbitos de trabajo de nuestro Dicasterio – laicos, familia y vida – también en lo que respecta a las personas con discapacidad, ayuda a abordar los retos pastorales no sólo de forma más correcta, sino también más eficaz.

El reconocimiento de la plena dignidad eclesial y civil de todas las personas con discapacidad no es, por tanto, una simple premisa, sino la vía fundamental para iniciar y desarrollar cualquier debate posterior. Desgraciadamente, esta no es una consideración que pueda darse por sentada, si es cierto que existe una reflexión teológica – la llamada “teología de la discapacidad” – cuya principal necesidad es justificar la afirmación de que todos los que viven con una condición de discapacidad son personas. Por otra parte, ya en 1981, la Santa Sede con motivo del Año Internacional de los Minusválidos consideró la necesidad de precisar que “el primer principio que debe ser afirmado con claridad y con vigor es que la persona minusválida [...] es un sujeto plenamente humano”. El papa Francisco, en Fratelli tutti (n. 98), retoma este pensamiento y reitera: “Me permito insistir: Tengan el valor de dar voz a quienes son discriminados por su discapacidad, porque desgraciadamente en algunas naciones, todavía hoy, se duda en reconocerlos como personas de igual dignidad”.

Una negación implícita de estas afirmaciones – que podría parecer obvia – es la denegación de los sacramentos por motivos de discapacidad. Se trata de un fenómeno reprobado en repetidas ocasiones por los últimos pontífices y que sigue

produciéndose en muchos contextos y que demuestra lo arraigados que están los prejuicios incluso dentro de la Iglesia.

En esta perspectiva, la decisión del Santo Padre de dirigir un mensaje a las personas con discapacidad es, en su sencillez, profundamente innovadora. La petición del Papa, de que se comprometan con convicción en el camino sinodal, reconoce su dignidad de discípulos y los asocia irremediablemente a ese santo Pueblo fiel de Dios del que nos habla Francisco desde las primeras palabras que pronunció desde la logia de San Pedro.

Es un pueblo cuya identidad se hace más clara a medida que avanza el pontificado. Ciertamente, no se trata de una comunidad de personas perfectas, sino de una caravana a la que de vez en cuando se añaden nuevos compañeros de viaje. Es lo que ha ocurrido con los esposos cristianos, a los que el Papa ha invitado a mirar como un sujeto eclesial relevante, pero también, por ejemplo, con los pueblos del Amazonas o los movimientos populares.

Cada una de estas aportaciones nos ha permitido describir otra cara del poliedro que es la Iglesia. Así, mientras la insistencia en el diálogo intergeneracional nos ayuda a no olvidar que la Iglesia camina a través de la historia y que lo que estamos viviendo no es ni el principio ni el final del camino, en el futuro será útil detenerse a considerar lo que la inclusión de las personas con discapacidad puede decirnos sobre la identidad de nuestras comunidades eclesiales.

Al respecto deseo señalar dos ideas entre las muchas posibles. El mensaje del Papa habla del tema de la amistad con Jesús: quienes han tenido la suerte de recorrer un tramo del camino con personas con discapacidad intelectual saben bien que ésta es una forma típica de vivir su fe. Es una comprensión principalmente afectiva que insiste en la presencia, incluso aquí y ahora, de un Verbo que sigue haciéndose carne en la historia del mundo y en la intimidad de la propia vida. Es la conciencia de que, como dijo el papa Benedicto, y repitió Francisco, la fe no es una teoría, una filosofía, una idea, sino un encuentro con Jesús. La amistad con Jesús no es un camino ingenuo, ni un atajo apto para ingenuos: en su mensaje, el Santo Padre recuerda que es un camino que muchos santos – cita a Teresa de Ávila – han recorrido. En este sentido, la presencia de personas con discapacidad intelectual dentro de nuestras comunidades eclesiales puede ayudarnos a que nuestra experiencia religiosa sea más relacional y menos rígida, por utilizar una expresión que se repite con frecuencia en las palabras del Papa.

Una segunda característica del santo Pueblo fiel de Dios sobre la que la inclusión de las personas con discapacidad nos ayuda a arrojar luz es su universalidad. El papa Francisco, en su mensaje lo expone en un acertado resumen: el Evangelio es para todos. Es una afirmación con la que no se puede dejar de estar de acuerdo, pero a la que toda comunidad eclesial está llamada a dar contenido, y la

inclusión de quien tiene una discapacidad puede ser un criterio válido de discernimiento. En esta perspectiva, es necesario preguntarse cómo hacer para que el camino sinodal que cada Iglesia local acaba de iniciar sea realmente un “proceso eclesial participado e inclusivo, que ofrezca a todos – en particular a cuantos por diversas razones se encuentran en situaciones marginales – la oportunidad de expresarse y de ser escuchados para contribuir en la construcción del Pueblo de Dios”, como recomienda el documento preparatorio del Sínodo sobre la Sinodalidad.

A partir de una reflexión sobre la necesidad de reconocer plenamente la ciudadanía eclesial de las personas con discapacidad, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida ha decidido lanzar su primera campaña en este ámbito: #IamChurch, Soy Iglesia. Se trata de cinco vídeos, que se publicarán a partir del 6 de diciembre, en los que algunas personas con discapacidad hablan del sentido y el modo de su pertenencia a la Iglesia. Estos testimonios proceden de distintos países del mundo y cuentan historias muy diferentes que tienen en común el deseo de interpretar el propio ser como Iglesia como una elección subjetiva y consciente. Los vídeos se hacen eco de las palabras del Papa que, en su mensaje, dice: “El Bautismo hace que cada uno de nosotros seamos miembros de pleno derecho de la comunidad eclesial y, sin exclusión ni discriminación, nos da la posibilidad de exclamar: «¡Soy Iglesia!» La Iglesia, de hecho, es la casa de ustedes. Nosotros, todos juntos, somos Iglesia porque Jesús ha elegido ser nuestro amigo”.

El mensaje del Santo Padre a las personas con discapacidad se produce en un momento en que el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida comienza su trabajo en este nuevo ámbito y, por tanto, es especialmente significativo para nosotros porque ofrece valiosas líneas de actuación. En particular, al reconocer a las personas con discapacidad como sujetos de la Iglesia, abre las puertas de la creatividad pastoral tanto para el trabajo futuro del Dicasterio como, sobre todo, para el de cada realidad diocesana y asociativa.

Card. Kevin Farrell

Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida