15 de mayo de 2019
"Saving sport"

La Iglesia y el deporte, una combinación imprescindible

Santiago Pérez de Camino, responsable del Departamento Iglesia y Deporte, habló en la conferencia organizada en la LUMSA

El día 8 de mayo, en la Universidad Libre de Maria Santissima Assunta (LUMSA), se celebró la jornada de estudio cuyo lema fue “Salvar el deporte: un deporte por salvar”, a la que asistió Santiago Pérez de Camino, responsable del Departamento Iglesia y Deporte del Dicasterio.

El deporte, en la sociedad posmoderna, se encuentra al final de un ciclo histórico y surgen nuevos retos que requieren nuevas respuestas. El deporte corre el riesgo de sufrir un declive incontrolable si no se recurre a los mejores recursos humanos para protegerlo de la involución sin retorno. Y la Iglesia tiene mucho que decir al respecto, explicó Pérez de Camino en su intervención.

La Iglesia sin deporte pierde un medio único de evangelización, especialmente en las “periferias” físicas o existenciales. Pero también el deporte necesita una orientación ética y virtuosa, del mensaje cristiano que difunde la Iglesia, para no perder de vista el verdadero sentido de la práctica deportiva.

Citando el primer documento de la Santa Sede sobre el deporte “Dar lo mejor de sí mismo”, publicado por este Dicasterio el pasado mes de junio, el responsable del Departamento Iglesia y Deportes del Dicasterio reiteró las peligrosas consecuencias para el deporte cuando éste olvida o deja de lado al ser humano y busca el beneficio económico, o la victoria a toda costa. Entonces surgen los problemas del dopaje, la corrupción, la violencia en el deporte o la degradación del cuerpo.

En cambio, cuando el deporte se practica bien y pone a las personas en el centro, se convierte en un medio de encuentro y formación. Es un lugar donde se destacan muchas virtudes, como la generosidad, el sacrificio, el trabajo en equipo, la libertad o la solidaridad y la búsqueda del bien que puede llevar a la trascendencia, al misterio de Dios. Por eso los cristianos están llamados, cada uno en su papel (jugadores, entrenadores, directivos, padres o aficionados), a dar testimonio, también en la práctica del deporte, del verdadero sentido de su vida, que no es otra cosa que seguir e imitar a Jesucristo.