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Meeting de Rímini, Gambino: el matrimonio, una vocación que hay que anunciar a los jóvenes

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Vatican News - ¿Cómo anunciar hoy a los jóvenes la belleza de una promesa para siempre? En el Encuentro por la Amistad entre los Pueblos, Gabriella Gambino, subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, propuso algunas respuestas. El pasado lunes, 24 de agosto, en su intervención sobre el tema «Por lo humano y por lo eterno: el amor que engendra», abordó la crisis actual del matrimonio y la dificultad de las nuevas generaciones para asumir un compromiso definitivo. La reflexión puso de relieve la necesidad de redescubrir el matrimonio no solo como una elección privada de la pareja, sino como una realidad con una relevancia familiar, social y jurídica bien definida y, para los cristianos, como vocación y sacramento. En el centro de la intervención destaca el testimonio de las familias: a los jóvenes, de hecho, no les basta con oír hablar del matrimonio, sino que es necesario que puedan conocer a matrimonios capaces de demostrar, a través de su propia vida, que la fidelidad, la promesa y la entrega de sí mismo siguen siendo posibles.

¿Cómo volver a anunciar el matrimonio a los jóvenes?

Esta pregunta recorre toda la reflexión. En una sociedad en la que los vínculos se han vuelto más frágiles y el matrimonio se percibe a menudo como una elección posponible, una ceremonia costosa o incluso un obstáculo para la libertad individual, ¿cómo es posible ayudar a los jóvenes a seguir reconociendo su valor? Gambino parte de una experiencia personal. Cuando, a los 24 años, conoció por primera vez a quien se convertiría en su marido, en aquel encuentro reconoció algo que iba más allá de un simple proyecto personal: la certeza de formar parte de un designio más amplio, en el que Dios había previsto personas a las que conocer, amar y con las que tener hijos. Es precisamente esta experiencia la que se convierte en una clave para abordar la cuestión pastoral: ¿cómo pueden hoy las familias cristianas dar testimonio a los jóvenes de que el amor fiel y capaz de durar toda la vida es realmente posible? La primera respuesta es el testimonio. Los jóvenes necesitan, ante todo, un ejemplo. Necesitan ver que el amor «para siempre» no pertenece a otra época, sino que aún puede vivirse de manera concreta. Pero el testimonio no excluye la razón: también hay que ayudar a los jóvenes a comprender qué es el matrimonio y por qué sigue teniendo un significado humano y social.

El matrimonio no concierne únicamente a la pareja

Esta reflexión se inscribe en un contexto en el que se está asistiendo a lo que la socióloga francesa Irène Théry ha definido como démariage, la «desmatrimonialización» de la sociedad: disminuyen los matrimonios, tanto civiles como religiosos, y muchos de los que se celebran no resisten el paso del tiempo. La separación entre la vida conyugal y la paternidad se relaciona, además, con una crisis demográfica y con un cierre a la vida en el que la sociedad pierde la capacidad de abrirse a la generación de su propio futuro. Ante este panorama, resulta necesario redescubrir también la dimensión pública del matrimonio. El matrimonio, incluso en su forma civil, tiene una función que va más allá del reconocimiento de la relación entre dos personas. Contribuye a ordenar la sexualidad y las generaciones, definiendo roles, responsabilidades, identidades y protecciones. Las relaciones familiares adquieren así un nombre y una posición: marido y mujer, padre y madre, hijo e hija, abuelos y nietos.

De ahí surge un punto central de la reflexión: el matrimonio no es simplemente la institución de la pareja, sino la institución de la familia. Su fuerza no se limita únicamente a los dos cónyuges, sino que se extiende a las relaciones y las identidades que se generan a su alrededor, con una relevancia que alcanza incluso el ámbito público. También el derecho, desde esta perspectiva, adquiere un significado preciso. El matrimonio confiere carácter públicamente fiable a la promesa de los cónyuges y ofrece un espacio de estabilidad y seguridad a la familia y a los hijos. Reconoce a cada miembro de la familia sus roles, tareas y derechos, y contribuye así a proteger las circunstancias familiares de la máxima imprevisibilidad e incertidumbre. El derecho, por lo tanto, no se opone al amor. Su tarea consiste en reconocer que el amor humano necesita una forma, un orden y certezas. El vínculo no nace para extinguir el amor, sino para custodiarlo.

El vínculo como lenguaje adulto del amor

Este es precisamente uno de los aspectos que hay que redescubrir también en el diálogo con los jóvenes. El anuncio cristiano del matrimonio no debería reducirse a una propuesta moralista para evitar la convivencia. Más bien, debería mostrar que el vínculo es el lenguaje adulto del amor: la capacidad de construir relaciones duraderas, yendo más allá del sentimiento del momento y cimentándolas en la fidelidad y en la promesa. Cuando se vacía de sentido el vínculo, el amor no se vuelve necesariamente más libre. Se vuelve más frágil. Esta perspectiva permite también reinterpretar el significado de la libertad. Ser libre no significa permanecer indefinidamente abierto a nuevas posibilidades sin asumir una decisión definitiva. La libertad se expresa también en la capacidad de elegir un don definitivo. En el matrimonio, los cónyuges no están llamados a empezar cada día desde cero: vuelven al «sí» que los ha constituido como pareja. La fidelidad se convierte así en la memoria viva de una decisión tomada libremente.

El matrimonio cristiano como vocación

A esta dimensión humana y social se suma, para los cristianos, otra decisiva: el matrimonio es vocación y sacramento. La dificultad de las nuevas generaciones para asumir un compromiso definitivo no se limita únicamente al matrimonio civil. También el matrimonio religioso registra un fuerte descenso. De ahí surge una pregunta dirigida directamente a la Iglesia: ¿qué es lo que no estamos anunciando a los jóvenes? ¿Qué es lo que no reciben para poder comprender la fuerza del sacramento? La propuesta consiste en empezar a presentar el matrimonio como una verdadera vocación. No simplemente un estado de vida, sino una llamada a la que dos personas están invitadas a responder juntas, a través de un proceso de discernimiento.

Por ello, el matrimonio, desde la perspectiva señalada por Gambino, debería anunciarse a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos que solicitan casarse por la Iglesia. También la oración eclesial debería hacer más visible esta llamada, promoviendo la oración para que los jóvenes sepan reconocer y acoger la vocación al matrimonio. Además, el «para siempre» cristiano no puede presentarse como un heroísmo confiado exclusivamente a las fuerzas de los cónyuges. El matrimonio sacramental es el camino de dos personas sostenidas por la gracia. Cristo entra en su historia, permanece con ellos, los sostiene, les ayuda a levantarse tras las caídas, a perdonarse mutuamente y a llevar las cargas unos de otros. La promesa matrimonial se hace así posible no por una supuesta autosuficiencia de los cónyuges, sino porque existe una fidelidad mayor que sustenta su fidelidad: la fidelidad de Dios, laemunah.

Una pastoral que muestre la gracia en acción

Es aquí donde la cuestión del matrimonio adquiere un carácter propiamente pastoral. La preparación para la boda no puede limitarse a los aspectos burocráticos ni restringirse a la explicación de derechos y deberes. Debe ayudar a los cónyuges a reconocer que Cristo entra en su historia, sostiene y regenera su amor. La pastoral familiar está, por tanto, llamada a acompañar una vocación y a hacer comprender la fuerza espiritual del sacramento. Pero, sobre todo, los jóvenes necesitan ver la gracia en acción en los cónyuges. Una familia cristiana que vive su fidelidad, afronta las dificultades, aprende a perdonar y sigue custodio la promesa matrimonial se convierte, a través de su propia vida, en un testimonio concreto. Es esta experiencia vivida la que puede hacer comprensible para los jóvenes lo que, de otro modo, corre el riesgo de quedarse en un mero principio abstracto. Anunciar la belleza del matrimonio, de hecho, no significa simplemente repetir una doctrina. Significa mostrar por qué esa realidad es humana, deseable y fecunda, y cómo el amor humano puede convertirse en una realidad posible cuando está iluminado por la fe.

Devolver al matrimonio su significado

El reto se plantea, por tanto, en dos frentes inseparables. Por un lado, la Iglesia está llamada a anunciar el matrimonio como vocación. Por otro, debe contribuir a recuperar su significado social y antropológico, en una cultura en la que su función pública parece cada vez más debilitada. El matrimonio fortalece las relaciones entre hombres y mujeres y entre generaciones, y genera valores como la confianza, la reciprocidad y la responsabilidad. También la apertura a la vida necesita un contexto de confianza y estabilidad. En este sentido, el «invierno demográfico» no es solo una cuestión relacionada con el número de nacimientos. Expresa asimismo un clima interior en el que prevalecen la búsqueda de seguridad y el miedo a la fragilidad, lo que se traduce en un cierre a la vida.

Resulta, pues, urgente educar a los niños y a los jóvenes en una afectividad capaz de comprender la belleza de la diferencia sexual, de la vocación al don total y definitivo de sí mismo y de la apertura a la vida. No basta con transmitir a las nuevas generaciones el deseo de «formar una familia»: también es necesario ayudarles a comprender el significado y la belleza de casarse. En definitiva, la reflexión de Gabriella Gambino vuelve a aquella joven que, hace tantos años, entraba en la iglesia vestida de blanco para casarse. Ella no conocía las categorías con las que hoy se puede describir la crisis del matrimonio. No habría sabido hablar de démariage, ni de la función social del vínculo. Sin embargo, sabía una cosa: que Alguien la había pensado desde siempre, que tenía un proyecto para ella y que podía confiar en ese Alguien. Quizá sea a partir de esta certeza de donde pueda partir también el mensaje de la Iglesia a las nuevas generaciones: no solo explicar el matrimonio, sino mostrarlo; no solo proponer una doctrina, sino acompañar una vocación; no solo preparar para la boda, sino apoyar a los cónyuges a lo largo del camino de la vida con la certeza de la fidelidad de Dios a su amor humano.

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27 de agosto de 2026